Pedro se acercaba a su casa cuando notó que su perro erizaba
su lomo y gruñía a un volumen bajo pero audible. Levantó la vista y se encontró
con el cadáver de su exmujer desde el pórtico, mirándolo con su ojo izquierdo.
La parte derecha de su cráneo no era más que un amasijo de sangre, huesos y materia
gris.
—He vuelto amor. He vuelto y juro nunca más irme —dijo la
mujer con una voz que salió de lo más profundo de su garganta sin mover los
labios pálidos ni su lengua quemada que olía a pólvora.
