Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 6
La tarde pasó como un suspiro. Carlos y sus padres estuvieron sentados todo el tiempo en la sala, sin cruzar ninguna palabra, el sonido solo era interrumpido por el sollozo del niño, sentado en medio de sus dos padres que lo atenazaban con sus fuertes manos por los brazos y piernas. Sus pantalones estaban mojados pues intentó ir al baño pero no lo dejaron moverse ni un solo centímetro.
Cuando el cielo se tornó rojo Carlos sintió una punzada de desesperación. «Pronto acabará todo», le dijo una macabra voz en su cabeza. El atardecer tomó su tiempo, y Carlos aprovechó para ver por la ventana la última escena de paz, tranquilidad y felicidad de ese día.
Siempre le había gustado ver la mezcla de colores rojo, amarillo, naranja, incluso morado que mojaban el cielo y se extendía sobre las nubes. Las montañas donde se ocultaba el sol tomaban prestado un poco de esa tonalidad y la mezclaban con el verde de sus árboles. Carlos había decidido guardar muy bien la imagen del atardecer en su cabeza, en caso que fuera el último.
Apenas el cielo se tornó negro, los padres de Carlos se levantaron del sofá, llevando al niño en sus brazos. Caminaron coordinadamente hasta la puerta de la casa ignorando los desesperados ruegos de su hijo. La luna brillaba en el cielo y permitía ver con claridad.
La calle estaba casi vacía, a excepción de otros dos grupos de personas también vestidas de negro. Carlos notó que uno de estos grupos eran los jóvenes que había visto en la tarde, sus caras y movimientos parecían normales, no como las de sus padres. El otro grupo también era una familia, el hombre, pálido y con el rostro congelado al igual que Carlos padre, cargaba con facilidad a dos gemelas de unos 6 o 7 años, la mujer llevaba en los hombros a un niño de aproximadamente diez años.
«Ellos también han sido engañados por Isidro como lo ha hecho con mis padres», pensó Carlos sobre la familia. «En cambio ellos lo hacen de buena gana ¿por qué?», se preguntó viendo a los jóvenes. Probablemente, como es normal en su edad, lo hacían para mostrarse rebeldes, valientes o cualquier otra estúpida excusa que usan los humanos entre los 14 y 20 años.
A medida que avanzaban hacia la plaza Carlos vio que se les unían más grupos. Carlos notó que en las familias que cargaban a sus hijos de la misma manera que lo llevaban a él, los padres tenían la misma expresión que los de él, en cambio, los grupos que no llevaban hijos eran jóvenes, que al parecer iban con gusto.
La plaza estaba llena, Carlos no sabía contar multitudes, pero poco después, cuando Isidro apareció en medio de todos ellos, supo que había alrededor de 250 personas. Casi la mitad del pueblo.
«¿Quién es este hombre que tiene tanto poder?», se preguntó. Instantes después se hizo una pregunta más aterradora, «¿será un hombre?».
—Amigos... no, ¡hermanos! —anunció Isidro, subiéndose al primer nivel de la fuente central de la plaza, en donde casi todos podían verlo. Los jóvenes aplaudieron cuando lo vieron, pero las familias permanecieron estáticas —¡Hoy comienza la nueva era! Hoy nos libramos del yugo de los ancianos, hoy les demostraremos que los guardianes no son más que una leyenda inexistente —más aplausos —. Solo les pido paciencia, pues si por ejemplo abandonamos ahora mismo el lugar, los ancianos dirán que los guardianes aparecen más tarde ¡Debemos permanecer en este lugar hasta que el sol salga! ¡Hermanos, hoy estamos escribiendo una nueva historia! ¡Luchemos por nuestra libertad! ¡Luchemos por la verdad!
El anciano saltó de la fuente hasta el suelo con una sorprendente muestra de agilidad la cual envidiarían muchos jóvenes. «No es humano, no es humano», pensó Carlos al ver el extraño movimiento de Isidro.
Al pasar una hora, todos los jóvenes se encontraban sentados en el suelo, pero las familias permanecían de pie, rodeando a los que habían decidido descansar las piernas. Carlos y Marta habían soltado a su hijo y lo habían dejado en medio del círculo que habían formado todas las personas pálidas, inexpresivas.
«Así nadie podrá huir», pensó con tristeza Carlos. «Ya que he de morir, lo haré al lado de alguien que sí me quiera», se dijo y empezó a caminar entre los que estaban sentados, buscando a Diego.
—¡Diego! —gritó, pero las animadas conversaciones de los jóvenes ahogaban su llamado. Podía escucharlos hablar tranquilamente de sus estudios o trabajos, de sus novias, de bebidas alcohólicas —¡Diego! —instistió mientras se movía entre piernas.
—¡Eh! Estate quieto niño —le dijo un joven con una ridícula barba de tres pelos —. Regaste nuestro vino.
Carlos vio hacia el piso y vio que había pateado sin querer una botella que se estaba derramando.
—Lo siento, estoy buscando a un amigo.
—De acá no te vas hasta que nos consigas otra botella —dijo otro joven, este con un bigote más tupido.
—Ya dije que lo siento, pero no puedo... —el del bigote lo empujó bruscamente.
—De acá no te vas hasta que nos consigas otra botella —repitió.
—Bueno, ya voy a traer una, pero para eso debo moverme de acá ¿no? No puedo sacar una botella del aire.
El joven del bigote puso una expresión de confusión en la cara, se enrojeció y le dijo que sí.
—Tienes diez minutos gusano.
—No me tardo —respondió Carlos, sintiéndose orgulloso. No tenía intención de volver, quería encontrar a Diego.

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