Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 5
La escuela cerró al medio día, como siempre hacían en las vísperas de la noche prohibida. Carlos pudo ver que ya casi todas las tiendas estaban cerradas a cal y canto, y las que aún tenían clientes ya habían escondido sus letreros de "Abierto", pero al niño no le importaban tanto esos detalles como la situación de Diego.
«¿Por qué hace eso Isidro? ¿Qué gana con ello? ¿Cuántas personas irán hoy con él? ¿Qué puedo hacer para ayudar a Diego?», fueron las preguntas que recorrieron su cabeza durante su apresurada caminata hasta la casa.
Justo en su calle, se encontró de frente con tres jóvenes que vestían de negro, tal como siempre lo hacía Isidro.
—Vamos a demostrarle a estos tarados que los guardianes no existen —alcanzó a escuchar Carlos mientras pasaban a su lado, sin mirarlo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Quiso girar para volver a mirarlos, pero no se atrevió a hacerlo.
Abrió lentamente la puerta de su casa y se encontró con su madre y padre frente a la puerta.
—Papá ¿qué haces tan temprano en la casa? Pensé que salías a las dos o tres de la tarde—preguntó Carlos.
—Teníamos una cita importante —respondió secamente Carlos padre. En ese momento su hijo se dio cuenta que algo no estaba bien. Su voz parecía distinta, lúgubre. Su piel estaba más pálida de lo normal y llevaba una camisa y un pantalón negros, muy diferentes a los que había usado por la mañana para ir al trabajo.
Giró a ver su madre, que tenía una expresión de confusión en el rostro. Ella también estaba pálida y llevaba un vestido negro que Carlos nunca antes le había visto.
Su joven mente hizo conexiones rápidamente, y antes de ver la sombra que se erigía tras ellos dos lo había comprendido.
—Hola Carlos —dijo un anciano de tez blanca igual que su pelo —. Me llamo...
—Isidro —interrumpió Carlos.
El anciano sonrió y se adelantó a sus padres. Estiró una larga y flaca mano que parecía una araña albina, la puso lentamente sobre la cabeza del niño.
—Así es. Tuve una conversación muy interesante con tus padres hoy... me dijeron que... —soltó una tímida risa —que creen en los guardianes ¿tú también lo haces?
—No creo en ellos. Sé que son reales, los oí hace un año.
—Vamos, no vengas con cuentos, no creas esas patrañas que dicen mis compañeros. Los guardianes son un cuento para asustarlos y mantenerlos controlados. Pero hoy se acaba eso, hoy tú, tus padres y otros compañeros que sabemos la verdad vamos a desafiar a los ancianos. Vamos a demostrarles de una vez por todas que los guardianes son una mentira y no podrán seguir manejándonos a su antojo.
—Hace cien años...
—No pasó nada. Son cuentos, mentiras escritas en libros de historia por los mentirosos que nos han gobernado desde siempre.
—Los guardianes existen.
—Da igual lo que creas. Tus padres ya saben la verdad y vendrán esta noche conmigo ¿no es cierto? —Carlos y Marta asintieron —Y tú vendrás con ellos pues es la ley. Ya verás Carlos, mañana será el renacimiento de este moribundo pueblo.
Isidro salió de la casa lentamente, una vez su cuerpo desapareció de la vista de Carlos le pareció que el lugar se iluminó, como si el anciano hubiera sido una gran sombra que oscurecía su hogar. Pero sus padres no cambiaron, siguieron pálidos e inertes frente a él.
—Dioses, ¿qué les hizo a ustedes? —preguntó aterrado el niño mirando a los inexpresivos ojos de su mamá y de su papá —¿Cómo es posible que les haya hecho cambiar de opinión en tan solo unas horas? —Carlos aún recordaba el episodio del desayuno, en el que sus padres se asustaron al oír tan solo la palabra guardianes.
—Nos ha abierto los ojos —susurró Marta.
—Ahora sabemos la verdad —añadió Carlos.
—Toma hijo. Esta es tu ropa para la iniciación —la mujer estiró las manos mostrando un pantalón y una camisa negra igual a la que llevaba Carlos padre, pero del tamaño adecuado para su hijo.
—¿Iniciación de qué? —preguntó el niño levantando temblorosamente la mano, acercándola a la ropa oscura pese a que su cerebro emitía señales de emergencia. Sentía que una vez tuviera las prendas en sus manos no podría dar marcha atrás.
—De la nueva era. Una era de luz y felicidad —Marta intentó sonreír pero su boca se contrajo en una grotesca mueca.
—No, no iré —la mano de Carlos volvió rápidamente al lado de su pierna.
—Debes hacerlo, es la ley —contestó con un ligero tono de furia.
—No me importa la ley. No iré y ustedes tampoco.
Sin previo aviso los padres, que nunca habían agredido a Carlos en toda su vida (a excepción de un par de palmadas en ciertas ocasiones como cuando el niño rompió una ventana o cuando insultó a una profesora), saltaron sobre él, lo desnudaron con una pasmosa facilidad pese a la lucha del niño y le pusieron la vestimenta negra.
Carlos entendió que no había nada que hacer. Isidro no solo había lavado el cerebro de sus padres, también les había otorgado una fuerza sobrehumana.
Estaba condenado.

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