lunes, 25 de junio de 2012

Bienvenidos

Siendo un pequeño niño (no podría asegurar la edad, pero creo que fue hasta los 7 años), siempre tenía pesadillas. Y eran las tres de siempre: o un familiar mío se convertía en un horrendo monstruo que quería devorarme; o un gorila aparecía en mi clóset, después de una lenta y agónica serie de cortinas que se abrían lentamente para revelar finalmente a la bestia peluda (este pánico creo que se lo debo a Tintín en la Isla Negra, uno de mis cuentos favoritos del periodista belga); y por último, y el que más miedo me generaba, me perseguían esos horrendos maniquíes sin cara que a veces veía en centros comerciales. 



Tengo entendido que las personas recordamos mejor nuestros sueños agradables, mientras que las pesadillas las borramos inmediatamente, pero aún hoy recuerdo esos sueños espantosos, especialmente tres ejemplos de ellos:

  1. Estaba con mi abuela paterna, al frente de su casa en el conjunto Santa Coloma, recuerdo muy bien la casa blanca, la reja verde oscura del garaje y un carro azul que no logro identificar a quién pertenecía. Yo le preguntaba algo a mi abuelita, y cuando ella giraba, veía que su cara se convertía en un horrendo rostro verde, con grandes ojos amarillos y una boca llena de afilados colmillos. Inmediatamente arrancaba a correr, pero (y como muchas veces pasa en las pesadillas) las piernas no me funcionaban, parecían gelatina y no obedecían órdenes. Forzosamente llegaba hasta la portería rogando por ayuda, hasta que una garra me agarraba por la espalda. Desperté y me fui a dormir con mis papás.
  2. Me despertaba sin razón en medio de la noche. Mi cuarto era igual en el sueño que en la vida real, mi cama pegada contra la pared de la derecha, y la cuna de mi, en ese entonces, pequeña hermana en el lado opuesto. El clóset amarillo se abría de repente, y aparecía una cortina verde, luego una azul, amarilla, naranja, morada, negra, blanca, y finalmente un terrible tapiz color rojo sangre, me agitaba y aceleraba mientras me llenaba de sudor, muchas veces tenía esa pesadilla, y era siempre la misma. Ya sabía yo lo que se encontraba tras ese color. Lentamente se abría la última cortina, para dejar ver que mi ropa había desaparecido, y en su lugar se encontraba un inmenso gorila negro, que me miraba fijamente con odio, abría sus fauces y con un grito espantoso me despertaba (una vez más, y esta vez real). Repetía el último paso del sueño anterior.
  3. Estaba con mi abuelita materna en ese Unicentro de los 90's, donde siempre íbamos y ella me compraba un helado de payaso, que devoraba con una velocidad tal, que me congelaba el cerebro. De repente, mi abuela desaparecía, y yo me encontraba solo en esa inmensa mole de centro comercial. Corría desesperado buscando a alguien, pero parecía como si fuera el último humano sobre la tierra. El lugar oscurecía, y mi temor subía de nivel. Oía pasos metálicos por todo el lugar, que se acercaban furiosamente, me buscaban a mí, querían atraparme y Dios sabe qué carajos pensaba mi subconsciente que me iban a hacer. De un momento a otro, aparecían maniquíes sin cara en las puertas de las tiendas cercanas, cientos, tal vez miles de ellos, y se lanzaban a correr. Yo no podía hacer nada, ver esas cabezas sin rostro siempre me causó terror, aún en la vida real. Preso del pánico me quedaba quieto y lloraba amargamente, sabiendo que no podía escapar de mi terrible destino. Desperté, esta vez con la cama mojada.
Cuando estaba entrando a la pubertad, mi mamá empezó a comprarme libros de la serie Escalofríos (Goosebumps, en su inglés original), los cuales devoraba en un solo día. Nunca podía dejar sin concluir las historias de esos pobres jóvenes de 12 años que se veían atacados por monstruos, momias, fantasmas, asesinos y otros personajes terroríficos.

En esa misma época, mi abuelito paterno (QEPD) vivía en una hermosa casa colonial en San Gil, lugar al que íbamos casi todos los festivos del año. Allí pasaba épocas inolvidables con mis primos, jugábamos en la piscina por el día, y por la noche nos asustábamos en esa inmensa casa. Además, mi abuelo se ponía alguna de sus horrendas máscaras y le daba más ambiente a nuestros juegos. 

Una vez, y como buen bromista que era el viejito, se puso una sábana negra, con la que se tapaba todo el cuerpo, incluida la cabeza, solo dejaba espacio para ver su cara, la cual adornó con la máscara de una bruja. A eso de las 4 de la mañana (hora en la que sagradamente se levantaba para cuidar su jardín y empezar a preparar la casa para que mis primos y yo pudiéramos destrozarla jugando), salió al patio central con su atuendo y un bastón...

Pausa: para los que no conocen una casa colonial, hay un patio central, en el que están todos los cuartos, o en este caso la mayoría pues mi abuelito construyó un segundo piso para poder albergar a toda la familia, pero casi todos dormíamos abajo.

... Y empezó a hacer un escándalo gritando como una anciana y pegándole con el bastón a las paredes y a los muebles. Mi papá, alterado, salió a ver qué sucedía, y cuando se encontró con una viejita jorobada, con una nariz inmensa, vestida de negro en  medio de la oscuridad, solo pudo cerrar la puerta y echarse la bendición. Lo mismo le sucedió a uno de mis tíos. Todo lo que se rió mi viejito con ese cuento.

Pese a la risa de este caso, mi abuelito muchas veces nos asustaba en serio con sus máscaras. Una vez cuando dormía en su cuarto (fui su nieto favorito, y ese honor no me lo quita nadie, por eso me dejaba quedarme en una cama que tenía junto a la de él), empezó a susurrar en medio de la noche. Al principio no entendía, y yo, teniendo unos 11 años y con el cerebro lleno de cuentos de terror me imaginé lo peor.

-¿Quién es?- pregunté con voz temblorosa.

-Soy un fantasma- respondió la voz.

Valientemente metí mi cabeza bajo la sábana, y mi abuelito seguía diciendo "Soy un fantasma". Al otro día cuando le pregunté, me dijo que se estaba soñando que se escondía en un clóset, y todos estábamos desesperados buscándolo. Mi abuelita gritaba "¿Dónde está Paúl?", y él desde su escondite respondía "Soy un fantasma", lo cual aterraba a toda la familia. También soltó una buena carcajada.

Gracias a él, y a R. L. Stine, empecé a apreciar el terror. Ya no lo veía como algo escalofriante, ahora me gustaba estar asustado, y eso que soy bastante cobarde y me asusto con películas baratas.

Pero me encanta esa sensación de estar acostado, en medio de la oscuridad, y sentir que hay alguien o algo mirándome, esperando para atacarme, jalarme los pies o apoderarse de mi cuerpo. Sí, se puede decir que soy masoquista.

Empecé a escribir cuentos de terror, y a mi familia y amigos les gustaban (aunque no sé si lo decían por compasión), hasta un día que escribí uno llamado "Jenny loba", que era sobre una niña llamada Jenny, que se convertía en mujer loba por las noches. Un "bully", o matón como dicen ahora, de mi salón lo rompió, y lloré amargamente pues había puesto mucho empeño escribiendo y dibujando ese cuento. Irónicamente ahora él es uno de mis amigos.

Dejé de escribir cuentos de terror, y me apasioné por el animé. Dibujaba a Gokú, Piccoro y Vegeta por todos lados y en todas las clases (esto afecto mi desempeño escolar, pero siempre salvaba el año a último momento), y empecé a hacer cómics con mis amigos.

Nos convertíamos en súper héroes al estilo japonés, y luchábamos contra poderosos enemigos. Mi último cómic era sobre 9 amigos y yo, que éramos enviados a un campamento del colegio para ser torturados por esos malditos profesores (que preferían enseñarme a derivar aunque no lo entendía, ni lo entiendo, ni lo entenderé, en vez de buscar cómo explotar mejor mi capacidad artística), mientras buscábamos la forma de escaparnos para un campamento de mujeres (por esa época las hormonas hervían).

La última vez que escribí un relato de ficción (pues soy periodista y todo debe ser contrastado por fuentes), fue para la universidad. Teníamos que escribir una crónica (real, por supuesto), pero como el nené que está en este momento en el teclado se pasó las dos semanas jugando Gamecube y tomando aguardiente, tenía que inventarme algo en esa fatídica hora que es las 6 de la tarde de un domingo, cuando el fin de semana acaba y comienza el estrés por todo lo que no se hizo.

Mi crónica la hice sobre mi abuelito Paúl (en ese entonces ya nos había dejado), y le añadí ciertas "licencias creativas" para hacerla interesante a los ojos de la profesora. Dejé imprimiendo el trabajo mientras iba a comer, y mi papá lo encontró.

Me dijo "me gusta mucho este cuento", con pena lo corregí diciendo que debía ser una crónica, pero al final no le importó. Siempre le gustó cómo escribía (pues claro, es mi papá, debe apoyarme), pero confío en su criterio, pues se ha devorado tres bibliotecas Luis Ángel Arango enteras (cuando mi padre no está leyendo esta durmiendo, y solo duerme 7 horas al día).

Finalmente, y para no aburrirlos con esta mini autobiografía, mientras estaba en Nueva Zelanda, superando una profunda crisis personal (que me dio por falta de cojones, lo admito) se me encendió de nuevo la chispa creativa que me ahogaron entre estudiantes y profesores en el colegio.

Empecé a escribir, no podía parar, y llegué a 30 páginas en pocos días. Ahí me corté, sin ningún motivo, la idea de ese relato (que fácilmente podría ser una novela) sigue en mi cabeza, y algún día espero llevarla a cabo.

Pero por ahora debo madurar un poco más antes de intentar volverme un escritor, que es el futuro que quiero para mí y por el que lucharé. Así no lo logre, podré morir en paz en unas décadas diciendo que lo intenté, no me conformé con un sueldo medio en un aburrido cubículo.

Casi todos los días mi imaginación (que gracias a Dios, y a mi papá que no me dejaba ver mucha televisión, sigue muy activa) me lleva a oscuros y tenebrosos lugares, o ciudades infestadas de zombis, y aparecen pequeños relatos, que muchas veces se pierden en la maraña que es mi cerebro.

Por eso empecé este blog. Lo usaré en primera medida para desahogarme, para que mis ideas fluyan y no se queden atrapadas, dando vueltas en mi cabeza. En segunda es para que ustedes lectores, me digan qué les parece, sean honestos, así me conozcan, pues si lo hago mal tendré que corregirme, y de pronto, un día de estos (Dios quiera), publique un libro y pueda vivir de mi talento, y no dependiendo de una oficina.

No sé cada cuánto habrá un cuento nuevo, pues eso depende de mi imaginación y mi tiempo. Lo único que espero es que les gusten mis obras, y si no les gustan, pues bueno, tendré que aceptar que tal vez esto no es lo mío, y deba quedarme con el grillete en un cubículo.

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4 comentarios:

  1. Excelente JD, qué buenas historias las de su infancia, la verdad espero leer este blog recurrentemente porque hacen falta cuentos de este tipo en Internet.
    Buen viento y buena mar!

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  2. Gracias Juan, han sido deliciosos minutos para empezar el día... en un rato le daré espacio a Yugcer.. ;)

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  3. Muy buena introducción para el blog. Sigue así, Juan, que tienes buena capacidad narrativa. Seguiré leyendo.
    Un abrazo.

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  4. ¡Excelente Juan! Si ésta es la introducción, no me imagino el contenido. Yo también tuve la colección de escalofríos.

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