lunes, 16 de diciembre de 2013

La noche prohibida - 4

Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A. 

Capítulo 4

La jornada de la mañana pasó de manera lenta. El director, que también ejercía como sacerdote de la escuela, empezó el día con un corto y atemorizante discurso.




—Hagan caso en todo lo que dicen sus padres, síganlos tranquilos a los refugios que cada uno tiene en su casa. Si escuchan sonidos... sonidos extraños ustedes hagan silencio. Si un guardián los ve, los huele, los siente, están perdidos —explicó el anciano hombre, que había dedicado toda su vida a la iglesia y a la educación —. Que los dioses los protejan —rezó el hombre mientras levantó las manos en un signo de clemencia —, a ustedes y a sus familias. Que mañana estén todos acá de nuevo.

Durante las clases los profesores no se esforzaron para llamar la atención de los jóvenes alumnos. A su vez los niños no ponían problemas a sus maestros, ninguno se fue regañado al rincón ni recibió golpes en las manos, las aulas parecían un cementerio.

El recreo fue más silencioso de lo normal, Carlos podía palpar la tensión que tenían que soportar sus compañeros. En todos los rostros se podía ver una expresión de miedo, de angustia, de desespero, incluso los mayores, que muchas veces aprovechaban su tamaño para quitarles las canchas de juego a los menores estuvieron calmados, sentados en el pasto en pequeños grupos hablando en voz baja.

—Mis papás dicen que todo es mentira —dijo una voz detrás de Carlos en la fila de la tienda de la escuela.

—¿Perdón? —preguntó alarmado Carlos al girar y encontrarse de frente con Diego, uno de sus compañeros de clase. No eran amigos, pero tampoco se detestaban como suele suceder con algunos niños en el colegio.

—Todo este cuento de los guardianes... dicen que es mentira —Carlos pudo ver su expresión confundida.

—¿Y tú qué crees?

—Pues si mis papás dicen eso, debo creerles.

—Mis papás dicen que es cierto, igual que casi todo el pueblo.

—Yo... yo sé, pero desde que mis padres fueron visitados por ese hombre que hace parte del comité de ancianos... Isidro se llama, ya no creen en los guardianes.

—Bueno, pero mientras no se los encuentren no habrá ningún problema...

—Ellos quieren salir hoy —interrumpió Diego con un sollozo —. Mis padres... Isidro está organizando un encuentro en la plaza del pueblo... por la noche.

—Pero es la noche prohibida.

—¿Y qué quieres que haga? Mis papás me obligarán a ir...

—Quédate conmigo, en mi casa hay espacio de sobra.

—Gracias... pero no puedo. Mis padres no me dejarán. Dicen que demostrarán a todos que están equivocados, que los guardianes son mentiras de los ancianos corruptos. Que Isidro hace parte del nuevo mundo, "un mundo sin oscuridad ni miedo" —dijo alzando los brazos y formando un cartel invisible con ellos —, como han dicho mis padres.

—No tienen que saber dónde estas, vienes conmigo después de la escuela y ya está. 

—Igual, desde mañana sería un huérfano.

—Mis papás podrían adoptarte.

Diego empezó a llorar y se alejó de la fila, Carlos salió detrás de él.

—¡No puedes dejar que te hagan esto! ¡No puedes!

—No hay nada que pueda hacer... Gracias por haber sido bueno conmigo, nunca tuve muchos amigos, pero al menos tú nunca me ignoraste ni me trataste mal como los demás. Que la vida te sonría desde ahora y para siempre —dijo el niño con una sonrisa, poniéndose recto de repente y con su brazo derecho sobre el pecho, como era el saludo formal de Ampalú. Un segundo después se puso a llorar y se sentó en el suelo.

«No voy a dejar que esto suceda. No puedo. Debo decirle a alguien», pensó Carlos viendo con pesar a su compañero. Su estómago había olvidado el hambre que lo había llevado hasta la tienda. Guardó las monedas que aún apretaba en su mano y corrió hacia la oficina del director.

—Buenos días doña Elsa —saludó Carlos a la secretaria.

—Buenos días... Carlos... casi no recuerdo tu nombre, nunca vienes a saludarme —respondió la mujer de la que decían se sabía los nombres de todos los estudiantes, lo cual podía ser cierto — ¿En qué puedo ayudarte?

—Necesito hablar con el director... es un asunto privado.

—De acuerdo, sabes que él está para ayudarte. Déjame ver si puede atenderte ahora mismo —. Se levantó de su asiento y entró por la puerta a sus espaldas. Segundos después llamó a Carlos por su nombre desde la oficina del director.

—Él es Carlos, del tercer grado, señor director —lo presentó Elsa —. Los dejo en privacidad para que hablen tranquilos —guiñó un ojo al niño y salió de la oficina. Carlos sintió un gran afecto por la mujer.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el anciano detrás de un escritorio.

—Señor... un amigo me dijo —contó con pelos y señales la conversación que tuvo con Diego minutos antes. A medida que avanzaba una sombra parecía oscurecer la cara del director.

—Lo siento... No puedo hacer nada por él. Diego es responsabilidad de sus padres, es nuestra ley. Y si ellos deciden salir hoy es su decisión. En la noche prohibida no hay policía ni nadie en la calle para evitarlo.

—¿Y si se va con usted a su casa?

—Eso no es permitido. Tampoco puede ir a la tuya. Déjame te explico: durante el día de la noche prohibida solo existe una ley, cada familia se hará cargo de sí misma. Los padres deben responder por sus hijos, y los hijos deben seguir a sus padres en todo momento. Cualquier cosa que les suceda es culpa de ellos, de nadie más.

—¿Pero entonces cómo no hacen nada contra Isidro?

—No ha hecho nada ilegal, Carlos. No hay ninguna ley que prohíba hablar bien o mal de los guardianes. Si alguien decide no creen en ellos y salir, es su responsabilidad. De hecho esto ya sucedió, según los libros de historia. Hace cien años o más convocaron a una reunión también en la plaza, a la mitad de la noche... Fueron ancianos, hombres, mujeres, jóvenes, niños, incluso bebés...

—¿Y qué les pasó?

—Desaparecieron. Al otro día encontraron la ropa en el piso de todos los asistentes, como si se hubieran evaporado de repente. Y eso es lo que les sucederá hoy a quienes vayan. Lo lamento mucho por tu amigo.

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