Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 3
En su memoria aún vivía el recuerdo de la noche prohibida del año pasado, en aquella ocasión había escuchado (o al menos eso le habían dicho sus padres) a los guardianes. Era fácil oírlos, durante las horas de penumbra, que en aquellas noches parecían eternas, no había ningún ruido. Los pájaros nocturnos no graznaban, los insectos callaban.
Carlos nunca podría olvidar el gorgoteo acompañado de unos roncos respiros interrumpidos por gruñidos. Aún desde la profundidad del sótano de su hogar, se podía oír claramente el tenebroso ruido.
—Esa es la prueba que los guardianes existen, Carlos. Nadie que aún viva los ha visto, pero incluso los animales saben que son reales y les temen —advirtió Marta —. Me aterra pensar que hay gente que anda diciendo que ellos no existen, que son cuentos hechos para asustarnos. Son reales.
—¿Y por qué quieren hacernos daño?
—Porque es su naturaleza —respondió su padre —. Así han sido desde el inicio de los tiempos, y así será hasta que se acaben. Todos los que se han atrevido a verlos siquiera, han muerto.
—¿Y quién nos ha contado eso, si todos los que los han visto han muerto?
—Sus familiares y amigos, a quienes les han contado sus planes de ir a ver a los guardianes.
—¿Y por qué querían verlos?
—Algunos por simple curiosidad, otros para enfrentarlos y pedirles que nos dejen en paz —interrumpió esta vez su mamá —. Al otro día simplemente han desaparecido. Pero al menos murieron por una causa justa, no como ahora...
Un gruñido sonó encima de ellos, como si la fuente del ruido estuviera justo encima de sus cabezas, en la sala donde horas antes habían corrido el sofá y levantado el tapete para abrir la trampa que los conducía al sótano.
Rápidamente Carlos disminuyó la luz de su lámpara de gas hasta que apenas sus ojos, narices y bocas eran visibles. El frío se intensificó hasta el punto que se alcanzaba a divisar un poco del vapor que despedían por sus bocas. Intentaron controlar su respiración, pero el ritmo de sus corazones se agitaron, parecía como si dentro de sus pechos tuvieran unos tambores que incrementaban la rapidez y el ruido a cada segundo que pasaba.
Cuando el niño pensó que no iba a poder aguantar más, los horribles sonidos del guardián desaparecieron por completo. El silencio reinaba una vez más sobre sus cabezas, como si nunca hubiera sucedido nada, como si hubiera sido una terrible pesadilla que se disipa instantáneamente al abrir los ojos. Sin embargo, Carlos y sus padres sabían lo que habían oído, esos bajos gruñidos y el gorgojeo que nunca podrían olvidar.
Y esta noche iba a suceder de nuevo.

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