Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 2
Su trabajo no estaba quedando del
todo bien. Los juguetes de madera que había producido durante la mañana
parecían mutantes. Un caballo de cinco patas, un soldado con lo que parecía ser
una segunda cabeza en su cuello. No podía sacarse la idea de que su hijo de
apenas ocho años supiera qué sucedía por la noche.
«Pero él dijo que no sabía
exactamente qué. Solo que no se podía salir por la noche», pensó Carlos
mientras contemplaba al horrendo soldado que tendría que arreglar si quería
pasar a la sección de pintura. «¿Pero y si realmente lo sabe?», se preguntó. «Es
imposible, ni tú mismo, ni nadie en la actualidad, a excepción de uno que otro
anciano, sabe con certeza qué es», se respondió inmediatamente.
Y aunque no sabía exactamente qué
sucedía, cuál era la razón detrás de esta macabra noche, tenía una noción, al
igual que toda su generación, la cual le fue contada por sus padres cuando
cumplió 14 años (algunos esperaban hasta los 16, otros incluso a los 18). Se
trataba de los guardianes, unos horrendos seres ancestrales que salían una vez
al año, en medio de la penumbra. Esa era la noche prohibida.
Muchas veces preguntó qué hacían,
por qué les tenían miedo, qué eran capaces de hacer. Pero sus padres no sabían
o no quisieron contarle. Pese a ello, Carlos creía firmemente en los guardines,
creía que el hecho de tan solo verlos podía enloquecer a cualquier persona,
creía que debía permanecer escondido en su hogar. Había gente que empezaba a
perder su miedo a la noche prohibida, Carlos nunca había escuchado de nadie que
fuera capaz de salir, pero sí había oído conversaciones de personas diciendo
que todo se trataba de una gran mentira de los ancianos.
—¿Y de qué les serviría
mantenernos encerrados en nuestras casas toda una noche? —preguntó la mujer que
estaba en el café.
—Un amigo me contó que durante la
noche aprovechan para hacer cosas que generalmente tienen prohibidas por su
posición: ir a prostíbulos, embriagarse, fumar hierba nebulosa —contestó el
hombre.
—¿Y tu amigo vio eso?
—No, él estaba encerrado en su
casa. Era la noche prohibida. Se lo contó un primo…
—Quien supongo tampoco vio nada
con sus propios ojos, también escuchó que alguien le dijo —interrumpió la mujer
mientras buscaba un cigarrillo en su bolsa.
—Hasta allá no sé, pero ¿no tiene
sentido? Es ridículo creer que algunos seres horrendos salen una vez al año
para aterrorizarnos. Si fueran tan poderosos como dicen los ancianos, podrían
hacerlo todas las noches —la mujer asintió en silencio, pero sus ojos aún
reflejaban duda.
Ese no era el único síntoma que
había notado. Años atrás, cuando su hijo apenas era un bebé, estaba prohibido
salir del hogar, no había escuela, ni siquiera la clínica funcionaba durante
todo el día. La gente se programaba para permanecer más de veintucuatro horas
encerrada en su hogar. Incluso durante la infancia de Carlos todos los hogares
tenían un sótano oculto en el que se refugiaban hasta que las luces del alba aparecían.
Ya había oído que muchas familias habían clausurado el sótano o lo usaban como
depósito, mientras pasaban la noche en las habitaciones.
Sin duda los tiempos habían
cambiado. Su abuelo, que en su momento fue parte del comité de ancianos, se
habría escandalizado. Él era uno de los más acérrimos defensores de la
existencia de los guardianes, le había inculcado el horror y aversión hacia
estos infernales seres a Carlos. Y él confiaba plenamente en el conocimiento de
su ya fallecido abuelo.
Todos estos cambios tenían un
principal responsable. Un anciano llamado Isidro, que había llegado al comité doce
años atrás. Él había empezado una campaña de “valentía contra la mentira de los
guardianes”, palabras que fueron repudiadas inmediatamente por sus compañeros,
pero Isidro tenía un fuerte apoyo popular, además de un incontable sustento
económico que lo había impulsado vertiginosamente en la carrera política de
Ampalú.
—Menos mal no estás acá, abuelo —susurró
Carlos mientras raspaba con cuidado la segunda cabeza del soldado —. Estarías
escandalizado y temblando de miedo, tal como yo lo estoy en este momento.

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