viernes, 8 de noviembre de 2013

La noche prohibida - 2

Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A. 

Capítulo 2

Su trabajo no estaba quedando del todo bien. Los juguetes de madera que había producido durante la mañana parecían mutantes. Un caballo de cinco patas, un soldado con lo que parecía ser una segunda cabeza en su cuello. No podía sacarse la idea de que su hijo de apenas ocho años supiera qué sucedía por la noche.



«Pero él dijo que no sabía exactamente qué. Solo que no se podía salir por la noche», pensó Carlos mientras contemplaba al horrendo soldado que tendría que arreglar si quería pasar a la sección de pintura. «¿Pero y si realmente lo sabe?», se preguntó. «Es imposible, ni tú mismo, ni nadie en la actualidad, a excepción de uno que otro anciano, sabe con certeza qué es», se respondió inmediatamente.

Y aunque no sabía exactamente qué sucedía, cuál era la razón detrás de esta macabra noche, tenía una noción, al igual que toda su generación, la cual le fue contada por sus padres cuando cumplió 14 años (algunos esperaban hasta los 16, otros incluso a los 18). Se trataba de los guardianes, unos horrendos seres ancestrales que salían una vez al año, en medio de la penumbra. Esa era la noche prohibida.

Muchas veces preguntó qué hacían, por qué les tenían miedo, qué eran capaces de hacer. Pero sus padres no sabían o no quisieron contarle. Pese a ello, Carlos creía firmemente en los guardines, creía que el hecho de tan solo verlos podía enloquecer a cualquier persona, creía que debía permanecer escondido en su hogar. Había gente que empezaba a perder su miedo a la noche prohibida, Carlos nunca había escuchado de nadie que fuera capaz de salir, pero sí había oído conversaciones de personas diciendo que todo se trataba de una gran mentira de los ancianos.

—¿Y de qué les serviría mantenernos encerrados en nuestras casas toda una noche? —preguntó la mujer que estaba en el café.

—Un amigo me contó que durante la noche aprovechan para hacer cosas que generalmente tienen prohibidas por su posición: ir a prostíbulos, embriagarse, fumar hierba nebulosa —contestó el hombre.

—¿Y tu amigo vio eso?

—No, él estaba encerrado en su casa. Era la noche prohibida. Se lo contó un primo…

—Quien supongo tampoco vio nada con sus propios ojos, también escuchó que alguien le dijo —interrumpió la mujer mientras buscaba un cigarrillo en su bolsa.

—Hasta allá no sé, pero ¿no tiene sentido? Es ridículo creer que algunos seres horrendos salen una vez al año para aterrorizarnos. Si fueran tan poderosos como dicen los ancianos, podrían hacerlo todas las noches —la mujer asintió en silencio, pero sus ojos aún reflejaban duda.

Ese no era el único síntoma que había notado. Años atrás, cuando su hijo apenas era un bebé, estaba prohibido salir del hogar, no había escuela, ni siquiera la clínica funcionaba durante todo el día. La gente se programaba para permanecer más de veintucuatro horas encerrada en su hogar. Incluso durante la infancia de Carlos todos los hogares tenían un sótano oculto en el que se refugiaban hasta que las luces del alba aparecían. Ya había oído que muchas familias habían clausurado el sótano o lo usaban como depósito, mientras pasaban la noche en las habitaciones.

Sin duda los tiempos habían cambiado. Su abuelo, que en su momento fue parte del comité de ancianos, se habría escandalizado. Él era uno de los más acérrimos defensores de la existencia de los guardianes, le había inculcado el horror y aversión hacia estos infernales seres a Carlos. Y él confiaba plenamente en el conocimiento de su ya fallecido abuelo.

Todos estos cambios tenían un principal responsable. Un anciano llamado Isidro, que había llegado al comité doce años atrás. Él había empezado una campaña de “valentía contra la mentira de los guardianes”, palabras que fueron repudiadas inmediatamente por sus compañeros, pero Isidro tenía un fuerte apoyo popular, además de un incontable sustento económico que lo había impulsado vertiginosamente en la carrera política de Ampalú.

—Menos mal no estás acá, abuelo —susurró Carlos mientras raspaba con cuidado la segunda cabeza del soldado —. Estarías escandalizado y temblando de miedo, tal como yo lo estoy en este momento.  


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