Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A. Villa.
Capítulo 1
La noche prohibida había llegado.
Carlos todavía no sabía muy bien de qué se trataba, pero la había esperado por
todo un año.
Durante los últimos tres meses,
después de cumplir ocho años, Carlos ya podía salir solo por el barrio.
—Nunca sobrepases la tienda de
Tomás —advirtió su mamá el día después de su cumpleaños. Un sábado soleado
cuando se le permitió por primera vez salir solo —. Tampoco puedes ir más allá
del parque —añadió la joven mujer con una sonrisa nerviosa en su rostro. Era
una bobada, pues sabía (o pensaba) que Carlos aún estaría muchos años más en su
hogar, pero se sentía como una gorrión viendo partir a su cría.
—No te preocupes, ‘má’ —respondió
Carlos intentando ocultar la emoción que se desbordaba por sus ojos y amplia
sonrisa. Ya era un niño grande, podía ir al parque a encontrarse con sus amigos
sin que algunos de los mayores, como Daniel y Esteban, lo molestaran por ir con
alguno de sus padres.
Carlos cerró suavemente la puerta
mientras sentía la cálida luz del sol en su piel. Caminó de manera pausada por
el pasillo de cemento que atravesaba el jardín de su casa hasta llegar a la
acera. Se volvió para ver su casa y se encontró con los ojos de su madre que lo
miraban desde la sala, agitando la mano en un signo de despedida. El niño
levantó su mano y luego salió corriendo por la acera, recordando que antes de
cruzar la calle debía revisar que no viniera un jinete, una carroza o alguno de
esos ruidosos y raros carruajes que se movían sin caballos y dejando una estela
de humo.
Pero ese día era la noche
prohibida. Su madre le había advertido que debía estar en la casa antes de que
el sol empezara a hacer su descenso sobre las montañas del occidente. Mucho
antes, si era posible.
—Es mejor que hoy no salgas
después que llegues de la escuela —había dicho tímidamente Marta mientras
preparaba el desayuno. Carlos padre había asentido la idea con un suave
movimiento de su cabeza mientras sorbía su té.
—Pero mamá… Hoy es la final de fútbol.
Y yo estoy en el equipo.
—Bueno. Ve, pero sabes que noche
es hoy. No se te ocurra volver después de las cinco y media. No lo hagas —su
voz tembló y sus ojos negros brillaron de temor, como si tuviera una lágrima en
el borde de su córnea, lista para bajar por su blanca mejilla.
—Te lo prometo, estaré acá mucho
antes. Todos los niños sabemos lo que pasa hoy.
Su padre se atragantó con un
sorbo de té y su madre se movió como si hubiera sido golpeada por el escalofrío
más fuerte de la historia. Marta estuvo a punto de dejar caer el plato con pan
tostado que llevaba a la mesa.
—¿Saben lo que hoy sucede? —preguntó
alarmado Carlos despejando su garganta.
—Sí —respondió inocentemente el
Carlos que aún estaba muy lejos de tener la tupida barba marrón de su padre,
sintiéndose mal por haber alterado a sus padres —. Es la noche prohibida, no
podemos salir después que oscurezca.
Ambos adultos suspiraron al
unísono.
—¿Pero sabes por qué sucede?
—No estoy seguro, papá —tomó un
pan tostado y le untó mantequilla y luego mermelada de fresa —. He escuchado
muchas historias que nos cuentan los grandes en el colegio. Pero no sé cuál es
verdad y cuál no.
—No hables con la boca llena —corrigió
su madre. Carlos se disculpó tapándose la boca y bajando la vista.
—Pues no escuches esas historias —dijo
Carlos padre —. No son más que mentiras para asustarte.
—¿Entonces por qué no podemos
salir?
—Eso te lo contaré después —susurró
su papá. Tomó el último sorbo de té. Se paró de la mesa, dio un beso en la boca
a Marta y uno en la frente a su hijo. Salió de la casa sin decir ninguna
palabra.
—Perdón, mamá.
—¿Por qué?
—Puse bravo a papá.
—No, amor mío. No está bravo, simplemente…
asustado —no quería usar esa palabra, pero no encontró ninguna otra apropiada —.
Hoy va a ser un día estresante para todos ¿Sabías que en mi época no había
escuela cuando llegaba la noche prohibida?
—Me hubiera gustado vivir en tu
época —su madre sonrió pero al mismo tiempo le dio una mirada acusadora —. ¿Por
qué ahora sí hay escuela?
—Cada vez hay menos gente que
cree en los gua… —gritó y tapó con ambas manos su boca. Se puso de pie y empezó
a lavar la loza —. Termina el desayuno y ve a la escuela… Y no estoy brava,
perdón si te asusté.
Carlos terminó su segunda
tostada, bebió el jugo de naranja, acercó su plato y su vaso, le dio un abrazo
a su madre y fue hacia el baño para lavar su boca.
Dos minutos después, se paró
frente a la puerta de la casa.
—No te preocupes mamá. Todo estará
bien —nunca se imaginó que estaba en un gigantesco error.

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