jueves, 31 de octubre de 2013

La noche prohibida - 1

Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A. Villa.

Capítulo 1

La noche prohibida había llegado. Carlos todavía no sabía muy bien de qué se trataba, pero la había esperado por todo un año.



Durante los últimos tres meses, después de cumplir ocho años, Carlos ya podía salir solo por el barrio.

—Nunca sobrepases la tienda de Tomás —advirtió su mamá el día después de su cumpleaños. Un sábado soleado cuando se le permitió por primera vez salir solo —. Tampoco puedes ir más allá del parque —añadió la joven mujer con una sonrisa nerviosa en su rostro. Era una bobada, pues sabía (o pensaba) que Carlos aún estaría muchos años más en su hogar, pero se sentía como una gorrión viendo partir a su cría.

—No te preocupes, ‘má’ —respondió Carlos intentando ocultar la emoción que se desbordaba por sus ojos y amplia sonrisa. Ya era un niño grande, podía ir al parque a encontrarse con sus amigos sin que algunos de los mayores, como Daniel y Esteban, lo molestaran por ir con alguno de sus padres.

Carlos cerró suavemente la puerta mientras sentía la cálida luz del sol en su piel. Caminó de manera pausada por el pasillo de cemento que atravesaba el jardín de su casa hasta llegar a la acera. Se volvió para ver su casa y se encontró con los ojos de su madre que lo miraban desde la sala, agitando la mano en un signo de despedida. El niño levantó su mano y luego salió corriendo por la acera, recordando que antes de cruzar la calle debía revisar que no viniera un jinete, una carroza o alguno de esos ruidosos y raros carruajes que se movían sin caballos y dejando una estela de humo.

Pero ese día era la noche prohibida. Su madre le había advertido que debía estar en la casa antes de que el sol empezara a hacer su descenso sobre las montañas del occidente. Mucho antes, si era posible.

—Es mejor que hoy no salgas después que llegues de la escuela —había dicho tímidamente Marta mientras preparaba el desayuno. Carlos padre había asentido la idea con un suave movimiento de su cabeza mientras sorbía su té.

—Pero mamá… Hoy es la final de fútbol. Y yo estoy en el equipo.

—Bueno. Ve, pero sabes que noche es hoy. No se te ocurra volver después de las cinco y media. No lo hagas —su voz tembló y sus ojos negros brillaron de temor, como si tuviera una lágrima en el borde de su córnea, lista para bajar por su blanca mejilla.

—Te lo prometo, estaré acá mucho antes. Todos los niños sabemos lo que pasa hoy.

Su padre se atragantó con un sorbo de té y su madre se movió como si hubiera sido golpeada por el escalofrío más fuerte de la historia. Marta estuvo a punto de dejar caer el plato con pan tostado que llevaba a la mesa.

—¿Saben lo que hoy sucede? —preguntó alarmado Carlos despejando su garganta.

—Sí —respondió inocentemente el Carlos que aún estaba muy lejos de tener la tupida barba marrón de su padre, sintiéndose mal por haber alterado a sus padres —. Es la noche prohibida, no podemos salir después que oscurezca.

Ambos adultos suspiraron al unísono.

—¿Pero sabes por qué sucede?

—No estoy seguro, papá —tomó un pan tostado y le untó mantequilla y luego mermelada de fresa —. He escuchado muchas historias que nos cuentan los grandes en el colegio. Pero no sé cuál es verdad y cuál no.
—No hables con la boca llena —corrigió su madre. Carlos se disculpó tapándose la boca y bajando la vista.

—Pues no escuches esas historias —dijo Carlos padre —. No son más que mentiras para asustarte.

—¿Entonces por qué no podemos salir?

El silencio se apoderó de la cocina en donde estaban desayunando los tres.

—Eso te lo contaré después —susurró su papá. Tomó el último sorbo de té. Se paró de la mesa, dio un beso en la boca a Marta y uno en la frente a su hijo. Salió de la casa sin decir ninguna palabra.

—Perdón, mamá.

—¿Por qué?

—Puse bravo a papá.

—No, amor mío. No está bravo, simplemente… asustado —no quería usar esa palabra, pero no encontró ninguna otra apropiada —. Hoy va a ser un día estresante para todos ¿Sabías que en mi época no había escuela cuando llegaba la noche prohibida?

—Me hubiera gustado vivir en tu época —su madre sonrió pero al mismo tiempo le dio una mirada acusadora —. ¿Por qué ahora sí hay escuela?

—Cada vez hay menos gente que cree en los gua… —gritó y tapó con ambas manos su boca. Se puso de pie y empezó a lavar la loza —. Termina el desayuno y ve a la escuela… Y no estoy brava, perdón si te asusté.

Carlos terminó su segunda tostada, bebió el jugo de naranja, acercó su plato y su vaso, le dio un abrazo a su madre y fue hacia el baño para lavar su boca.

Dos minutos después, se paró frente a la puerta de la casa.


—No te preocupes mamá. Todo estará bien —nunca se imaginó que estaba en un gigantesco error.

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