El cadáver ya estaba hinchado, debido a la acumulación de gases dentro del organismo, que buscaban salir del cuerpo mediante cualquier orificio que encontraran. La piel era oscura, y en algunas partes se estaba desprendiendo, debido a que servía como alimento para los insectos carroñeros y a la presión interna del cuerpo.
- Use esta máscara, el olor a veces es muy fuerte - había advertido Juan a Antonia antes de entrar. Pero la ácida esencia de la muerte era mayor a la resistencia que ofrecían los tapabocas que llevaban esa tarde.
Antonia no pudo evitarlo más tiempo, arrancó el tapabocas de su cara y vomitó en el suelo de la pequeña habitación en la que su abuela vivió los últimos 3 años. El dueño de la posada contuvo su disgusto y salió al patio central, llamando a una patrulla de policía desde su celular.
Los vecinos se habían quejado de un pútrido olor que venía del cuarto de Teresa los últimos días, pero Juan nunca le había prestado atención. En la posada vivían drogadictos, indigentes y prostitutas que podían separar una habitación por veinte mil pesos a la semana, o una cama por cinco mil. Los baños no funcionaban por lo que el suelo estaba lleno de basura y desechos humanos. El hombre, que a veces se veía como un gran benefactor de la humanidad al prestar esa casa que había pertenecido a su familia como refugio para gente desafortunada, se sintió culpable. Solamente visitaba la posada un día a la semana, para cobrar la renta, y no les prestaba atención a sus reclamos. Siempre que la policía iba a revisar el lugar, los compraba con dinero y les decía - Vamos, no puedo ofrecerles un hotel cinco estrellas, tan solo un techo para dormir - y los agentes se marchaban sin denunciarlo. Ahora por fin empezaba a ver su error.
- ¿Cuánto lleva muerta? - preguntó Antonia al forense. La tristeza sobrepasaba el asco, y sus ojos estaban rojos por derramar tantas lágrimas que corrían entre sus mejillas y nariz, llegando a la boca llenándola de su salado sabor.
- Ahora mismo no puedo decirle con exactitud - respondió el funcionario -, pero la etapa de hinchazón llega entre los 4 y 6 días.
- ¿Hace cuánto no la veía usted? - preguntó girándose hacia Juan.
- Una semana, cuando vine a cobrar - Antonia había llamado al dueño de la posada el jueves por la noche, para preguntarle cuándo podía visitar a su abuela. Juan le había dicho que la acompañara el martes, día en el que siempre iba, y, mientras él recogía la renta de sus inquilinos, ella podría visitarla. No esperaban encontrarla muerta.
El cadáver fue encerrado en una bolsa negra, y los agentes de Medicina Legal revisaban el lugar por si encontraban algo sospechoso. Estaban limpiando la escena, borrando los asquerosos dibujos de las paredes. Antes que los garabatos fueran borrados, Antonia pudo leer en las letras cafés una frase "cuidado la mujer de gris".
Después de largas y amargas horas de espera en la morgue de Medicina Legal, informaron a Antonia que su abuela había muerto por un paro cardíaco, el miércoles 23 mayo por la noche. Le entregaron las posesiones de la anciana y un montón de documentos que debía firmar para continuar con el trámite.
Dos días después estaban en el cementerio Jardines del Recuerdo. Fue un funeral poco concurrido. Teresa solo tuvo dos hijos y tres nietos. Su hermano ya había muerto y no tenían datos de amigos, y solo una anciana más se presentó, diciendo que había leído las exequias en un periódico.
La vestimenta oscura parecía fundirse en el delgado cuerpo de Antonia, contrastando con la piel blanca y mezclándose con el pelo negro . Uno de sus primos pensó que se parecía a Morticia Addams. El único color en ella eran sus ojos azules.
Por la noche, Juan pasó por la casa de Antonia, la joven de 21 años abrió la puerta y aún tenía los ojos llorosos.
- Buenas noches. Yo... Vine para entregarle esto - estiró la mano con una bolsa.
- ¿Qué es?
- La encontré debajo de la cama donde dormía su abuela, en un hueco que había en el piso y cubría con una tabla. No sé qué es, decidí que ustedes debían verlo primero.
- Gracias.
- Una vez más, lo siento mucho.
Antonia intentó sonreír, pero no pudo. En el fondo sentía que él era culpable de la muerte de su abuela. Pero no era solamente Juan, también lo era ella, sus padres, tíos y primos. Todos los que permitieron que ella viviera en esa asquerosa posada. Cerró la puerta y subió con la bolsa a su cuarto.
Deshizo con cuidado el nudo, y regó el contenido de la bolsa en su cama. Era un cuaderno y una muñeca de porcelana, de pelo y ojos oscuros, tenía un vestido gris con cuadros blancos. Sus pies estaban descalzos y la planta de ellos era café, como si hubiera caminado en un piso muy sucio, pues contrastaba con el color blanco de su cuerpo. Una extraña sonrisa adornaba su rostro.
La muñeca le pareció miedosa a Antonia, y la ignoró. En cambio, abrió con interés el cuaderno, y casi grita de sorpresa al ver que se trataba de un diario.
Abril 18. Por fin la encontré, es ella, no hay duda. Estaba en un bazar en la Candelaria. La vi por casualidad mientras iba a encontrarme con Jairo, quien me vende mi medicina...
Una lágrima recorrió la mejilla izquierda de Antonia. Su abuela se refería a los ácidos como "medicina" - Nos deja ver más allá de lo que nos permiten los sentidos. Es el puto gobierno que quiere impedir que nos liberemos - le decía constantemente. Había caído en la adicción a los 46 años, después de la trágica muerte de su esposo. Empezó a probar con drogas suaves, para escapar de la depresión, pero con el tiempo empezó a consumir sustancias más fuertes. Su hermano se hizo cargo de los hijos de Teresa, así como de varios tratamientos de desintoxicación, pero nada sirvió. Fue cayendo en espiral hasta volverse indigente, y rechazaba la ayuda de sus familiares, quienes, a veces, ni siquiera reconocía.
Entró y salió igual número de veces de clínicas de rehabilitación, hasta que su hermano murió. En ese punto intentó recuperarse, aceptando su error, y se fue a vivir con Antonia, que apenas tenía 17 años, y sus padres.
Pero todo volvió al principio en la noche que enloqueció. Empezó a gritar incoherencias, y cuando fueron a revisarla, encontraron su cuarto abandonado y la puerta de la casa abierta. Meses después recibieron la llamada de Juan, quien afirmaba que Teresa le había dado ese número como referencia para alquilar el cuarto en su posada.
Durante los tres años que vivió allí intentaron convencerla de volver a la casa de los padres de Antonia, pero Teresa se negaba - ¿Cómo quieren que le haga eso a mi nieta? ¡NO! Si voy, los pondría en riesgo a todos... No, no puedo, no puedo, no puedo, ustedes no pueden arriesgarse. Yo estoy bien acá. Solo me verá a mí, y a nadie más - decía siempre que le proponían. Eran las mismas palabras, una y otra vez, como si se tratara de una grabación. Debido a su negativa, y al cansancio en general de sus familiares por luchar contra su terquedad y drogadicción que ya llevaba más de 40 años, se rindieron y la dejaron ahí. Solo se hicieron cargo de pagar la renta y enviarle comida con Juan. Casi nunca la visitaban.
... Ahí estaba en un estante, como si fuera inocente, me miraba como si no supiera quién soy. La robé mientras el dueño no me veía, ese imbécil insistía en cobrarme 10 mil pesos por ella, como si no fuera suficiente con el favor que le hacía al alejarla de él. Imbécil...
La visión nublada por las lágrimas no dejó que Antonia siguiera leyendo. Le infundía una indecible tristeza ver el estado mental de su abuela.
- ¿Y esa muñeca? - inquirió su padre desde la puerta.
- ¡Oh! - exclamó Antonia entre la sorpresa y el susto - No te vi. Las trajo Juan. Era de la abuela.
- Nunca la había visto. ¿Y ese cuaderno?
- Parece un diario, está dividido por fechas. Solo he leído un día - se puso de pie y le entregó el cuaderno.
- Pobre mamá. Estaba acabada por la maldita droga - ahora también él lloraba al ver la incoherencias del diario -. Dejemos esto en paz, solo nos traerá malos recuerdos - Antonia asintió -. Lo guardaré en la bodega, para que podamos verlo con cuidado cuando nos pase la pena.
- Dame, yo lo llevo.
- Gracias.
El bombillo titiló un par de veces antes de prenderse. Al lado del garaje, una estrecha puerta de madera conducía a la bodega. Allí tenían guardados cientos de objetos inútiles, pero de los que no se sentían capaces de desprenderse. Una vieja bicicleta oxidada, juguetes de la infancia de Antonia, una mesa sin una pata que se sostenía sobre unas cajas llenas de libros, y allí la joven sentó a la muñeca, mirando hacia la entrada del polvoroso lugar desde la esquina, con el diario bajo la mano.
Antes de cerrar la puerta giró para ver una vez más a la muñeca. Que la observaba con sus inertes ojos negros, con esa tenebrosa mirada de las muñecas de porcelana que parecen ver el alma de las personas. Antonia cerró con llave.
A la 1:45 de la mañana se despertó sin motivo. Tenía la sensación de haberse levantado después de un mal sueño, pero no podía recordar nada. El cuarto estaba caliente.Antonia decidió abrir la ventana que se encontraba junto a su cama, para que se ventilara un poco el lugar.
Corrió la cortina con su mano y empujó el cristal después de darle vuelta al seguro que lo mantenía cerrado. El frío bogotano inundó a la habitación.
"Solo espero que no se entre ningún zancudo", pensó.
La luz de la luna se filtraba débilmente por la ventana, y en ese momento la vio. Parecía ser el cuerpo de una mujer, con un vestido claro, del cual no reconocía el color pues la escena parecía estar en blanco y negro. Sus pies estaban descalzos, y se encontraba en la puerta del cuarto, frente a la cama, balanceándose hacia adelante y atrás. El pelo negro cubría su cara con una sombra.
Antonia estaba paralizada. Quería gritar y salir corriendo, pero sentía su cuerpo como si fuera de gelatina, como si estuviera inmersa en una pesadilla.
La habitación se iba volviendo cada vez más oscura, las paredes parecían negras, y la penumbra iba rodeando a Antonia, que todavía miraba estupefacta a la intrusa.
El sonido de un objeto arrastrándose sobre una alfombra llegó a los oídos de la joven. Con horror comprobó que la mujer estaba acercándose hacia ella, pero las piernas no se flexionaban, se deslizaba sobre la planta de sus pies como su tuviera patines.
Una vez más, Antonia intentó gritar, pero su cuerpo no reaccionaba, seguía allí, sosteniendo estúpidamente la cortina, mirando con los ojos desorbitados a aquella mujer. La intrusa llegó hasta la cama, y levantó los brazos en un amenazante gesto. Su cuerpo no chocó contra la madera, lo atravesó, como si se tratara de un fantasma, pero sus manos sí se cerraron violentamente en torno al cuello de Antonia, que aún no podía moverse.
La Luna volvió a brillar después que una nube se retirara de su lugar en el cielo. La sombra de la cabeza de la mujer se escurrió como si se tratara de un líquido hacia el cuello, y allí pudo ver el rostro de la muñeca que estaba en la bodega, pero esta vez tenía una expresión de tristeza, y de sus ojos, totalmente blancos, corrían dos lágrimas.
- ¡¡AUXILIO!! - por fin pudo gritar Antonia, despertándose de nuevo, en su cama.
Se había quedado dormida sentada en el respaldar de su cama sosteniendo la cortina. Eran las 2 de la mañana, y el cuarto estaba frío.
Para comprar el cuento completo haga clic aquí (Precio $2 dólares estadounidenses)
La anciana by Juan David Durán is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 2.5 Colombia License.

Me dio susto... pero me lo leí todo! Muy bueno!
ResponderEliminar