Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 7
—¡Diego! —gritó nuevamente Carlos, entonces una cabeza sobresalió a las de los jóvenes sentados en círculo alrededor de la fuente central, rodeados por cientos de padres de familia pálidos, inexpresivos, estáticos.
—¡¿Carlos?!
—Diego ¡por fin te encuentro! —Carlos aceleró el paso, saltando y evitando a los que estaban en el suelo, hasta encontrarse con su amigo.
—¿Qué haces acá?
—Mis papás... ya no creen en los guardianes y...
—¿Se han vuelto igual que los míos? ¿Parecen unas "estuatas"?
—Sí —respondió Carlos omitiendo el error de su amigo.
Un silencio incómodo se estableció entre ambos niños. A su alrededor escuchaban, pero sin poner atención, las vacías conversaciones de los jóvenes sentados en el suelo.
—Ahora que lo pienso ¿Dónde está Isidro? —preguntó Carlos.
—Lo vi saltar de la fuente como si fuera un muchacho.
—Yo también... fue muy raro, no creo que sea un anciano común y corriente.
—No creo que sea humano —añadió Diego con una expresión sombría.
—No pensemos en eso. Debemos escapar de acá. Debemos llegar a un refugio antes que los guardianes lleguen.
—¿Sabes? Ya es de noche, y no ha pasado nada. Creo, creo que Isidro tenía razón.
—¡No caigas en su trampa! El director me contó que esto mismo había pasado hace cien años. Todos los que estuvieron en la calle esa noche desaparecieron, dejando atrás su ropa.
Diego bajó la mirada, en ese momento Carlos comprendió que se esforzaba en creerle a Isidro para tranquilizarse, pero la idea de los guardianes seguía clavada en lo más profundo de su mente.
—¡Vamos! No podemos quedarnos acá.
—Yo...
—¡VAMOS! —Carlos le pegó un puño en el hombro. Diego soltó una lágrima y asintió con la cabeza.
Los niños comenzaron a caminar hacia la parte exterior del círculo, en donde se encontraban todos los padres, que más parecían estatuas como había dicho Diego. Pero no había campo para pasar entre ellos, sus brazos y piernas se juntaban como si fueran una pared de ladrillos y cuando Carlos intentó moverlos se dio cuenta que era imposible.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Diego.
—Podemos escalarlos.
—Imposible, nos agarrarán como hicieron mis papás al traerme.
—Míralos bien. Ahora sí que parecen estatuas. No parpadean... parece que ni siquiera respiran.
Diego se fijó en lo que decía su amigo y era cierto. Los hombres y mujeres que estaban allí parecían de piedra, no se movían en lo absoluto, sus pechos no se inflaban, sus párpados permanecían escondidos, solo su pelo y su ropa se movía ligeramente cuando la brisa soplaba.
—Busquemos al más bajito, así será más fácil —propuso Diego, idea que le encantó a Carlos, no solo por la idea en sí misma, también porque su amigo estaba mostrando al fin el deseo de escapar de la angustiante situación.
Caminaron unos cuantos metros hasta que se encontraron con una mujer rolliza, de no más de un metro con sesenta centímetros. No la conocían, pero al verla se les iluminaron los ojos como si hubieran visto a un ser querido.
Carlos se agachó, junto sus manos y miró a Diego.
—Yo te impulso, trépate a la espalda y me halas.
Su amigo asintió puso su pie sobre las manos de su amigo, esperó ser elevado y se agarró de la cabeza. La sintió caliente y suave, como la de una persona normal, pero la mujer no se inmutó, ni siquiera cuando, sin querer, Diego clavó su pulgar en el ojo derecho. Ni un grito, ni un parpadeo. Con dificultad pasó las piernas sobre la cabeza, se agarró con los muslos a la espalda de la mujer y descolgó sus brazos sobre los hombros.
—Dale —anunció Diego.
Carlos tomó sus brazos, saltó y se agarró como pudo de la cabeza.
—Déjate caer Diego, o no tengo espacio para pasar —su amigo obedeció inmediatamente. Diego pasó con un poco más de agilidad sobre la cabeza de la mujer y se descolgó por la espalda.
Estaban fuera del círculo. Sentían el frío viento que mecía las ramas de los árboles, era la sensación más agradable del mundo.
—Ahora corramos a mi casa. Sé cómo entrar al refugio y tengo llaves de la puerta —propuso Diego.
—Vamos.
Ambos niños comenzaron a correr mientras una oscura nube cubrió la luna que hasta entonces había iluminado la noche.
Corrieron tanto como sus piernas se lo permitieron. Carlos sintió una punzada en un tobillo pero no le importó, la adrenalina le permitía ignorar el dolor. El silencio sepulcral de la noche fue interrumpido por sus rápidos pies que los llevaron a través de varias calles vacías, de farolas apagadas, de tiendas y casas cerradas. Sus ojos solo veían cómo pasaban rápidamente las paredes blancas de lugares que en otro momento hubieran reconocido.
Diego giró sin avisar por una calle, Carlos, en su intento de seguirlo, tropezó al dar la curva, pero se puso de pie como un resorte y siguió corriendo detrás de su amigo. Dos calles más abajo, Diego frenó frente a un jardín. Trotó hasta la puerta mientras sacaba una llave de su ropa interior.
—¿Cómo hiciste para conseguir esa llave?
—Mis papás me la dieron hace mucho, en caso que la necesitara.
—¿Y por qué no te la quitaron? A mi me desvistieron y me hicieron poner esta horrible ropa.
—No peleé con ellos. Decidí obedecerlos en todo... Me acuerdo de estar en mi cuarto, vistiéndome con esta ropa, cuando vi la llave, no sé por qué la guardé en mis calzoncillos.
—Gracias a los dioses lo hiciste. No perdamos más tiempo y entremos.
Cerraron la puerta empujándola los dos, como si ello le diera más fuerza o poder. Diego puso seguro y encendió una lámpara de gas.
—Si quieres te puedo prestar ropa. Yo también me cansé de este color negro, tenemos casi el mismo tamaño.
—Por favor.
Subieron rápidamente las escaleras, intentando no hacer ruido. Diego le prestó un pantalón rojo y una camiseta blanca, que Carlos tomó con gusto, se desvistió frente a su amigo sin importarle que lo viera (realmente detestaba esa ropa negra) y se puso la nueva. Diego se había puesto una pijama de color verde con puntos azules.
—Para estar más cómodo. Me encanta andar en pijama por la casa —explicó Diego con una sonrisa.
Botaron la ropa negra por la ventana y bajaron las escaleras. Ambos sentían que ya eran libres, que podrían pasar la noche en el refugio de la casa de Diego, sí, al otro día serían huérfanos, pero seguirían vivos, querían celebrar, gritar, de hecho estuvieron a punto de hacerlo, hasta que una sombra se atravesó en medio de las escaleras.
—Mis niños. No pueden escapar, por favor, no me obliguen a tomar medidas drásticas —dijo una voz muerta.
Era la voz de Isidro.

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