Foto. Licencia Creative Commons. Autor: Luz A.
Capítulo 8
Ninguno gritó, ninguno lloró, ninguno peleó. Ambos sabían que estaban condenados, que no podían escapar de las terroríficas garras de ese hombre (si es que realmente era un hombre, pues Carlos se inclinaba cada vez más a pensar que no era un humano). Ambos niños se limitaron a caminar frente a su captor. Toda esperanza estaba perdida.
«Igual no importa, pronto todos estaremos muertos», pensó con amargura Carlos mientras se acercaba al tenebroso círculo que rodeaba la fuente.
—No exactamente —mencionó Isidro —. Es un estado parecido y al mismo tiempo muy diferente.
—¿Cómo dice? —preguntó tímidamente Carlos.
—Los guardianes no se encargan de asesinarlos, solo ehh... ¿cómo explicarlo?... los capturan durante un tiempo prudencial, luego son liberados.
Carlos y Diego dejaron de andar y se quedaron estáticos viendo al hombre.
—Oh sí, ellos sí que existen ¿se preguntan por qué les cuento esto? Bueno, ya casi llega su hora, y ya no hay forma en que esta pesca se dañe.
—¿Qué es lo que nos harán, exactamente? —preguntó esta vez Diego.
—No me preguntes qué es exactamente, yo solo soy un emisario entre su dimensión y la de los guardianes. Obviamente soy más que ustedes los humanos, pero no alcanzo a comprender lo que ellos hacen o son. Simplemente sé que necesitan humanos, los necesitan cada año. A veces solo precisan de unos pocos, dos o tres no más, por lo que es más sencillo, pero en esta ocasión, al igual que hace un siglo, me recomendaron que consiguiera bastantes. Ellos toman sus cuerpos, sus almas, sus espíritus y los encierran en un extraño artefacto que traen. Todos ustedes desaparecerán, casi como si nunca hubieran existido, lo cual me traerá muchos problemas el año entrante.
—Usted dijo que luego nos liberan.
—Claro, pero no en esta dimensión, sino en la de ellos, que por supuesto no he conocido, ni quiero hacerlo.
—¿Entonces qué será de nosotros?
—Fantasmas. Eso es lo que serán una vez los guardianes no les encuentren mayor uso.
—Por favor déjenos ir —suplicó Diego. Carlos agachó la cabeza, él ya había perdido toda esperanza.
—No puedo, mis niños. No puedo. Entremos al círculo, todo comenzará dentro de poco.
Isidro los agarró fuertemente y saltó desde el exterior hasta el centro del círculo. Dejó a los niños afuera de la fuente y se sentó sobre el agua sin hundirse. Cerró los ojos y se cruzó de brazos. Toda su piel se puso negra, incluso más oscura que la túnica que llevaba puesta, parecía una gran sombra sin dueño flotando sobre la oscura agua.
Carlos se dejó caer en el piso y Diego lo acompañó, ambos niños se abrazaron mientras las lágrimas recorrían sus caras. Deseaban estar en el mismo estado inconsciente de los demás, querían que todo acabara rápido, pero sus sentidos, movidos por la adrenalina, estaban a su máxima expresión.
Podían captar todo el momento: la gran multitud, la brisa nocturna, el silencio sepulcral del lugar.
—Adiós Carlos —susurró Diego.
—Adiós Diego —respondió el niño a la vez que vio llegar al primer guardián, que lo tocó con una esfera oscura y lo hizo desaparecer para siempre de este mundo.
FIN.

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